MEDIOS DE CONSPIRACION SOCIAL

por
Juan José García Noblejas



Ediciones Eunsa, Pamplona, 1997, 2006




PRÓLOGO

Senatum cum populo romano
conspirasse...

Cicerón, Filípicas, XI, 2

 

Es arriesgado mencionar en nuestros días, sin añadir ribetes escépticos, la necesidad de una genuina conspiración social. Esta palabra se ha convertido hoy en arma arrojadiza, utilizada en pretenciosas escaramuzas políticas de bajos vuelos. También se ha convertido en lugar común popular, en el que coinciden libros, películas y webs de Internet, igualmente pretenciosos, incluso en las cómplices ironías de algunos que dicen explicar hechos misteriosos, buscar lógicas esotéricas para las fantasías de expedientes x, o simplemente acoger la curiosidad de algunas paranoias más o menos benignas asociadas al fin de siglo.

Quizá solo sea que el cómodo pragmatismo de nuestros días prefiere razonar a bulto, sin excesivo respeto por los detalles, en los que todo se juega, confundiendo una 'conspiración' con una 'conjura'. De todos modos, no parece que la confusión responda a ninguna "Conjura de los necios" (Confederacy of Dunces), al estilo de la inteligente obra póstuma que valió el Pulitzer a John Kennedy Toole, gracias a la tozudez de su madre y al apoyo de Walker Percy. De todos modos, hay razones que aconsejan recuperar en nuestros días (no exentos, por cierto, de necias y egoístas conjuras jacobinas), el sentido radicalmente solidario que tuvo la conspiración, al menos en su origen romano: el de buscar el bien común entre muchos, cuantos más, mejor.Y, desde luego, sin necias pretensiones totalitarias.

La conspiración es planteada en estas páginas como alternativa a algunas (y quiero pensar que bienintencionadas) conjuras de unos pocos, no necesariamente necios, sino más o menos inteligentes y poderosos, durante más o menos tiempo, y siempre -eso sí- en predominante beneficio propio. Hay también un nimio motivo personal en pro de la conspiración social como atributo idóneo para la comunicación pública, nacido en un momento y lugar concretos.

Hace diez años, del 29 de noviembre al uno de diciembre de 1987, asistía en Milán a un Simposio internacional sobre los medios de comunicación, invitado por una fundación alemana. Allí, en un almuerzo más o menos informal, tuve ocasión de mantener una conversación con un político, en la que nació la preocupación que desemboca en este libro. El político en cuestión estaba por entonces dedicado a trabajar en el gabinete del director de un canal televisivo centroeuropeo. Resultó aplastante la sencillez y convicción con que me dijo que, desde su punto de vista, en el negocio de la televisión, los informativos sirven tácticamente para ganar las próximas elecciones, y los dramáticos tienen un valor estratégico para cambiar la sociedad, adecuándola a los principios de la ideología de su partido.

Desde luego que podemos aceptar con mayor o menor resignación vivir en la órbita de estas nuevas y ligeras versiones de viejos despotismos ilustrados, que pretenden dar todo al pueblo pero sin el pueblo. Pienso que en estos tiempos de masivas sinergias corporativas, y a los efectos de posibles y efectivas conjuras comunicativas tardoilustradas, todos tenemos experiencia de que casi da lo mismo que se trate de un político y un canal público de televisión, que de un empresario y un medio de comunicación privado. Por eso parece que no está de más reconsiderar -antes de rendirnos ante lo que se presenta como inevitable- la oportunidad de conspirar un poco en la sociedad, al estilo clásico. Entre otras cosas, porque hacerlo puede ayudar a distinguir mejor entre lo que en la sociedad se pide y lo que en ella se necesita de los medios de comunicación.

El Thesaurus Linguae Latinae es fuente de autoridad segura para advertir que la acepción secundaria de conspirar es neutra, utilizada para decir sencillamente que "sopla el viento". Es en todo caso una acepción que viene detrás del sentido positivo primario de "conspiratio", utilizado tanto por Tácito como por Cicerón.

El sentido positivo primario de conspiración implica "respirar juntos": aunar, tener, compartir un mismo aliento. Es algo muy parecido a lo que hacen los jugadores de baloncesto, juntándose de cabeza en un círculo íntimo, y exhalando juntos un gesto y sonido característicos, antes de lanzarse al juego en la cancha. Han conspirado. Algo que en el fútbol americano se llama "huddle", o hacer un "timbac" o un "jol", y que no es otra cosa que el apiñarse de un equipo, previo al vivir y actuar a una.

Conspiratio significa lo mismo que coniunctio o que societas: reunión, consenso, concordia. Coincide su sentido básico con el de otras palabras tales que: consonare (cantar al mismo tiempo), consentire (pensar del mismo modo), concordare (estar de un mismo corazón), congruere (relacionarse consecuentemente), o convenire (reunirse con otros)...

Cicerón fue un genuino republicano que tuvo que vivir tiempos difíciles en Roma. Entre el poder absoluto de Cesar y el de Augusto, allá por el 33 a.C., trataba de hacer desaparecer de Roma a Marco Antonio, antes de que instaurara su propio poder absoluto. Ya le había advertido a éste que "senatum cum populo romano conspirasse...": como fuera que el senado romano había estado completamente de acuerdo con el pueblo romano, mejor era no reinstaurar el poder absoluto...

Cicerón utiliza el sentido llano y ordinario del término "conspiración": advierte a Marco Antonio que hay un acuerdo público entre pueblo y senado, en un asunto público y en concreto del máximo interés constitucional para ambas asambleas y, por ende, para todos los ciudadanos romanos. Cicerón advierte que es el mismo aliento el que se respira en el senado y en el pueblo: no hay ningún poder que no esté de acuerdo en evitar el poder absoluto... Esto se supone que era conspirar. De todos modos, es algo que no le sentó bien a Cicerón, pues murió "legalmente" asesinado a manos del legionario Popilio Lenas por una conjura organizada por el mismo Antonio, junto con Octavio y Lépido, el año 43 a.C.

Dicho sin mayores precisiones, resulta que el sentido tradicional positivo de la conspiración y el sentido negativo de la conjura, bien puede deberse a que una conjura resulta ser -también- una conspiración que acaba mal. Ya sabemos que los vicios privados no generan el bien común y que casualmente son los vencedores quienes califican a los vencidos.

* * *

Algo semejante es lo que trato de exponer en estas páginas. Hoy los medios de comunicación son un factor progresivamente activoen el terreno de juego social. Y, a pesar de todo lo que se ha dicho sobre el cuarto poder, la agenda setting y otras tantas explicaciones de alcance más o menos táctico, los medios de comunicación son un factor sin explícito cometido estratégico y sobre todo sin genuina razón de ser en el seno de la compleja sociedad y cultura en que vivimos. Los medios de comunicación ya han sido parte de excesivo número de conjuras políticas y económicas como para plantearse seriamente la conveniencia de conspirar: entre otras cosas, porque conspirar supone plantear una especie de juego social de suma positiva, en el que todos los que participan salen ganando.

Entiendo que los medios de comunicación han de conspirar, con sus saberes, junto a la sociedad civil y sus poderes, básicamente políticos,, en clave ciceroniana. Entiendo que los medios de comunicación tienen su razón de ser y su autonomía profesional en ámbitos primarios cercanos a los saberes vitales y prudenciales, más que junto a los poderes políticos y económicos, si quieren ser genuinos factores dinamizadores, racionalmente benéficos para el conjunto de la sociedad.

Tiene razón Neil Postman cuando postula que, si bien hemos logrado obviar un mundo dominado por el fascismo temido por Orwell, estamos sin embargo inmersos en el peligro real de deslizarnos hacia un mundo, entrevisto por Aldous Huxley, en el que predomina el olvido y la irrelevancia.

Orwell temía a quienes podían prohibir los libros, privarnos de información y alejarnos de la verdad, secuestrando nuestra cultura. Huxley, sin embargo, temía que no hubiera razón para prohibir los libros, porque nadie quisiera ya leerlos; temía que tuviéramos tanta aparente libertad, que nos convirtiéramos en seres pasivos y egoístas; temía que la verdad se ahogara en un mar de asuntos irrelevantes; temía que nos convirtiéramos en una cultura trivial.

Algo semejante dice Nicolás Grimaldi cuando habla en L'ardent sanglot de las relaciones entre el mal y el arte: cuando cualquier cosa puede aspirar a la dignidad de ser una obra de arte, cuando cualquier cosa es al tiempo tan interesante como insignificante, cuando nada es ni bello ni feo, ni emocionante ni ridículo, es que el mal ha triunfado por doquier. El mal no es tan presuntuoso como para pretender ser amado, estimado o apreciado: le basta con persuadirnos de que no hemos de juzgar.

Y hemos de juzgar precisamente acerca del mal, como lo advierte, por ejemplo, Norbert Bilbeny, al hablar del idiota moral, tras la huella de Hannah Arendt. Hay que refrescar ante nuestra cultura los riesgos de lo trivial, el peligro de engolfarse en banalidades, porque la idiocia moral hace que el mal predominante, a veces inconscientemente promovido, sea hoy el mal banal (como fue el mal hecho por Eichmann o Stalin). Un mal que es tan brutal como el mal pasional y tan monstruoso como el mal satánico (Calígula, Nerón o Charles Manson) o el mal mesiánico (Goebbels, McCarty o Ramón Mercader), pero que a diferencia de estos tres, es el más siniestro por ser menos perverso, precisamente por ser el único en que no exige deliberación por parte de quien lo lleva a término...

Estas páginas pretenden ayudar a pensar algunas razones que permitan -en su limitado alcance- impedir que Huxley, Grimaldi o Bilbeny y Arendt tengan razón. El libre mercado y la solidaridad aun pueden ser ingredientes de un nuevo contrato social, como en algún momento solicitó Gilles Lipovetski. Los medios de comunicación, y desde luego los profesionales del periodismo, el entretenimiento, la publicidad y las relaciones públicas que en ellos trabajamos, somos los protagonistas -guste o no- de esta necesaria aventura inconformista contra la ignorancia. Una aventura que -dicho sea al estilo de Josemaría Escrivá- supone ahogar ese mal en abundancia de bien cognoscitivo y, a ser posible, de genuina sabiduría.

Un paso en tal aventura inconformista (puede decirse con Jankélevitch: aventurosa por aportar, y no aventurera por abandonarse al mundo), es el que pretende dar este libro. Sus cuatro capítulos plantean la cooperación efectiva de los profesionales de la comunicación con los restantes grupos sociales implicados en la plural y compleja realidad de los fenómenos de comunicación pública.

En estas páginas se habla, con escasos eufemismos academicistas, y quizá por eso con levedad, de solidaridad en la comunicación, de los medios como "terceros lugares" comunitarios, acogedores según criterios de decencia y dignidad humana (Cp. I). Se habla de diálogo veritativo, argumentación retórica y convicción acorde con la libertad de las conciencias (Cp. II). Se habla de amistad, de intención social de influir y de política apolítica (Cp. III). Se plantea, en fin, una corrección simbólica de la acción política, de modo que las ideologías, hoy flores de un día, no sean un exclusivo y último sistema de referencia, definitivamente provisional (Cp. IV).

Junto a lo dicho, queda implícito hacer pensar al lector -en línea con Antonio Millán-Puelles y su Interés por la verdad- que la condición humana implica y -a fortiori- la de los profesionales de la comunicación, un genuino interés teórico y práctico por la verdad: por dar con ella y por comunicarla. También se corresponde este paso implícito con plantear -al hilo del Trabajo directivo en la empresa de Carlos Llano- que la acción comunicativa no es exclusivo trabajo "objetivo" u operativo (poiesis), sino que implica en su misma raíz un necesario rasgo "subjetivo" o directivo (praxis).

Dicho en román paladino: no es propio de la dignidad profesional de las tareas de comunicación que éstas sean lugar habitual para "curritos", meros ejecutores de reglas y órdenes técnicas (materiales e intelectuales), o de consignas ideológicas, enajenados por sistema -so capa de eficacia organizativa- de cualquier conexión inmediata con el trabajo directivo. Todo profesional de la comunicación tiene entre manos tareas que, al no seguir reglas fijas, tener la pretensión de acertar, y ser de resultado incierto, le involucran como persona: y eso es propio del trabajo directivo.

Considerar las profesiones comunicativas implica de entrada saber que atañen a decisiones de sujetos libres en cuestiones antropológicas teóricas y prácticas, antes que a un tecnosistema organizativo de objetos y medios: quizá hay que levantar del banquillo y volver a introducir en el terreno de juego la cláusula de conciencia. Quizá, al ver la pretensión de protagonismo de las "nuevas tecnologías", ha llegado el momento de dejar de mirar supersticiosamente a la comunicación, y de comenzar a escudriñar sin remilgos las dimensiones morales de su condición de pertenencia al ámbito de la razón práctica. Es decir, de la razón ética y política, pero también -sin solución de continuidad- razón poética, retórica y estética.

Decía Aristóteles que lo que distingue a un verdadero político de aquel que no lo es, es que el primero busca la vida buena de los ciudadanos y el segundo su propio interés (Política, 1279a 16-20). Esa es, de entrada, la distancia que media entre el conspirador y el conjurado, desde los horizontes prácticos de la comunicación.

* * *

Algunos de los textos recogidos en estas páginas han sido parcialmente expuestos de antemano a la benevolencia de diversos públicos, y también a la pertinente crítica de algunos colegas, en seminarios a puerta cerrada. El primer capítulo es fruto de una reelaboración concienzuda de la ponencia "Solidaridad en la acción comunicativa", presentada en las V Jornadas Internacionales de Comunicación, en la Universidad Austral de Buenos Aires, el 15 de noviembre de 1996. El segundo responde en su origen a otra ponencia, "Modos informativos, modos argumentativos", leída en 1988 en Pamplona, en las III Jornadas Internacionales de Ciencias de la Información. El tercero sintetiza un texto de 1991, publicado en La información como relato, con el título "Discurso periodístico y sociedad: un relato posible". El cuarto es una breve sección de la ponencia "Symbolical and Political Correctness", presentada siendo Secretario del Simposio Internacional "Comunicación de masas en el tercer milenio: de la revolución tecnológica a la revolución social", celebrado en El Escorial, del 26 al 29 de junio de 1992, con ocasión de asumir Madrid la capitalidad cultural de Europa.

Por paradójico que sea, este libro, centrado en asuntos periodísticos, ha podido ver la luz gracias a que gentes tan estupendas como Richard Walter, Bob Rosen y Paula Stephens, me acogieran unos meses con cordial amistad como Visiting Scholar en la Theatre, Film and Television School (TFT) de la Universidad de California en Los Angeles, y no me pidieran cuentas de las horas pasadas en la University Research Library (URL), dedicado a estos menesteres. Una vez saldada esta deuda con mis alumnos, queda expedito el camino para trabajar de lleno en los asuntos que motivaron la estancia en UCLA: asuntos académicos acerca de la escritura de guiones cinematográficos.

Conste un agradecimiento especial a Concepción Alonso del Real, José Antonio Vidal-Quadras y a Pedro Antonio Urbina, por sus amistosas y eruditas observaciones. Conste el recuerdo de Fernando Delapuente, autor del magnífico cuadro que ilustra la cubierta y el título de este libro: siempre se ha conspirado en el parisino "Café Aux Deux Magots", y en su terraza sobre la acera del Boulevard Saint Germain. Espero que nadie se dé por aludido al caer en la cuenta de que magot es en francés el nombre que se da a los macacos que utilizan algunos farsantes y titiriteros en sus negocios de ferias... Con Fernando Delapuente tuve el honor de preparar, hace bastantes años, en su estudio madrileño, algunos lienzos: trabajando con burdos bastidores de madera, tela de saco y cola de conejo, siempre tuve la certeza de conspirar junto a la divertida esperanza del artista.

Cuando un arte está en juego, pronto se aprende que no cabe la estricta colaboración: si uno es afortunado, se encuentra conspirando con artistas genuinos. Ya sea ayudando a hacer, ya sea apreciando lo hecho. Incluso años o siglos después.Los asuntos de la comunicación pública son con propiedad asuntos artísticos, todo lo menores que se quieran ver ahora, pero nunca se trata de artes serviles. Por eso también son asuntos estrictos de conspiración, de capacidad de dar de sí y de compartir en sociedad el aliento del suplemento de ser que el saber de estas profesiones aportan a nuestro mundo. Un aliento que viene con la humilde verdad, bondad y belleza del arte de los genuinos profesionales de la comunicación.

Si tales cosas no se logran, entonces tendremos que hablar, con más pena que gloria, de conjuras en los medios de comunicación. Todos sabemos que haberlas, haylas. Cuando nos falta magnanimidad y coraje para trabajar en beneficio del bien común, es relativamente fácil justificar el acomodo en la órbita de los cálculos cicateros y hacer que resulten razonables -e incluso elegantes- las trapisondas egoístamente interesadas.

 

Los Angeles, 30 de agosto, 1997